Albariño

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Uva albariña de la plantación Marqués de Abraldes.

No se sabe exactamente el origen de la variedad albariño y hay varias teorías que la relacionan con uvas venidas del norte, casi todas de la mano de las sucesivas influencias y penetraciones  de culturas europeas. Algunos estudiosos la emparentan con la riesling, aunque la mayoría cree que llegó con los monjes del Cluny provenientes del noreste de Francia en su camino hacia Santiago, y que, tras años de aclimatación, dio lugar a la variedad que se conoce hoy. También pudo ocurrir lo contrario, haber nacido en Galicia de uvas traídas durante la romanización y después de años de aclimatación en estas tierras húmedas, haber sido llevada por los peregrinos de vuelta a Francia. Hoy poco importa el origen primero, porque la variedad albariño está considerada como una de las más prestigiosas del mundo y autóctona de la actual D.O. Rías Baixas. Esta es la variedad que más éxitos ha conseguido en la comarca porque cuando llega a su perfecta maduración, mantiene una riqueza en ácidos y componentes sápidos y aromáticos muy característicos e identificables.

El cultivo de la variedad albariño está limitada a Galicia y al valle portugués del Miño, a diferencia de otras variedades blancas famosas que se le equiparan como la francesa chardonnay. Ésta última puede ser de cualquier lugar del mundo que consiga adaptarla a su suelo y por eso hay chardonnays californianos, españoles, australianos, etc. La albariño sólo consigue su mejor expresión en un determinado tipo de suelo en combinación con un clima netamente atlántico. Se dice que la albariño necesita "oler el aire del mar" y su suelo húmedo no lo puede ser en exceso, porque le restaría sus excelentes características.

Las variedades de uva autorizadas son la albariño, treixadura, loureiro (también conocida por marqués), torrontés y caíño blanco para vinos blancos y caíño tinto, sousón, mencía, espadeiro, brancellao y loureiro tinto para los escasos vinos tintos que se elaboran.

El cultivo de las vides en parras permite levantar la cepa del suelo para que no contraiga enfermedades al no estar en contacto con al humedad del terreno. Permite controlar las alteraciones del suelo, como el encharcamiento, por exceso de lluvias.

Los vinos blancos de la D.O. pueden ser monovarietales de albariño en su totalidad, o tener al menos un 70% de esta variedad en su composición. Según la subzona de donde proceda el vino, puede encontrarse mezclada con las variedades treixadura, loureiro, torrontés, y caíño blanco. Cada variedad confiere al vino un marcado carácter, diferenciado por la comarca de donde proviene.

Uva albariño de la plantación de Marqués de Abraldes.

Un albariño clásico presenta un amarillo pálido vivo y brillante. en nariz, ofrece aromas frutales y florales propios de la variedad, con una buena intensidad. En boca, resulta fresco, con cuerpo, armonioso y con una equilibrada acidez. Presenta un abanico de matices elegantes con un post gusto largo y envolvente.

Los grandes maridajes del albariño se dan con los productos del mar de sus costas. Los aromas y sabores yodados y salinos de los mariscos son el contrapunto perfecto a la potencia aromática y al equilibrado punto de acidez del vino. Se combinan de maravilla para resaltar sabores y no solapar matices sápidos de uno u otro.

El albariño se sirve frío con una temperatura idónea entre los 10 a 12º.

Los albariños se deben de consumir en el año puesto que no son vinos que están elaborados ni preparados para guardar. En plena juventud es cuando se apreciarán mejor sus cualidades más destacables de frescura y frutosidad. Sin embargo, cada vino es un mundo y también se ha podido comprobar que algunos albariños resisten muy bien el paso del tiempo y, aunque han perdido atributos de juventud, han desarrollados otros caracteres interesantes. Sólo la cata nos dará la verdadera dimensión de un vino.

Al estar conducida en parras, la viña capta la mayor cantidad de insolación posible que luego redundará en una correcta maduración de la uva. Cuando la vid recibe el sol necesario, produce los componentes orgánicos que necesita: azúcares, ácidos, taninos, etc. De este modo, se desarrolla en perfecto estado fitosanitario. Es a partir de entre los 8 y 20 años, cuando la vid está en la plenitud de su producción. Para entonces ha desarrollado completamente su sistema radicular y tiene un rendimiento equilibrado, que es lo que dará al mosto, materia prima del elaborador, una buena concentración de aromas y sabores para elaborar el vino.